Juraría no haber pasado tantas horas en casa en mi vida como en los últimos 8 meses. Siempre he intentado llenar mis días de actividades sociales, de gente, de infinitas charlas en terracitas, de sol y aire… Pero este año me está costando. Lo sé, no solo a mí.

Ahora en otoño, en un día gris y lluvioso, el aislamiento pesa más. Me suelen acompañar mis libros y un aparato electrónico que se presenta a mi lado haciéndome una compañía más fiel. Así, por lo menos, ahora que hay que ir con más cuidado que nunca y evitar estar hasta con los más cercanos, puedo seguir conectándome con los míos y hasta verlos en el ordenador o en el móvil con una copita en la mano. Algo es algo, lo más importante es que nos cuidemos.

Por cierto, no me refiero solo a cuidarme físicamente. Lo que también pretendo hacer en estos momentos es desviar mi atención, olvidarme lo que no puedo controlar y encontrar un objetivo que ocupe las horas largas en casa y libere mi cabeza de malos pensamientos acerca del futuro del planeta. No me puedo permitir tirar los días por la borda, ya no tengo 20 años y soy consciente de que todo pasa demasiado rápido, por bueno o malo que sea.

Quiero seguir poniéndome a prueba y, al menos, aprovechar este tiempo tan convulso para salir más adelante con alguna destreza nueva. Sé que  poco puedo hacer para que el mundo mejore, pero a nivel personal, me empujo cada día para seguir adelante. Como decía el poeta, se hace camino al andar.

He de confesar que tampoco tengo mucha osadía, me acostumbro a mis cosas, me cuesta lanzarme, sobre todo, cuando hay estrés y la situación me atenaza. Pero sí pienso en cómo podría estar con gente sin estar físicamente con ella, charlar, irme de viaje aunque sea imaginario. En esos momentos, lo único que me viene a la cabeza es entrar en Internet y estudiar un idioma. Ya he decidido que tiene que ser una clase en vivo para ver a la persona al otro lado, preferiblemente cuando sea cómodo para mi. En principio, como no aspiraba a matricularme a ningún curso largo, empezaré por unas pocas clases, a ver qué tal. Al fin y al cabo, los idiomas siempre me han gustado. No sé si se me dará bien, pero he decidido probar.

Buscando en Internet he encontrado Jubilengua. No tienen matrícula, puedo apuntarme a una clase, a 4 o a 8. Total, si me gusta, avanzo, y si no, nadie me va a juzgar. Además, son clases particulares en línea, así que no tendré testigos de mis erratas. Creo que me van a venir de maravilla esos 45 minutos de distracción y ejercicio mental. Además, el conocimiento de un idioma no me sobrará cuando se acabe todo esto. Sí, se acabará. Volviendo al poeta, todo pasa y todo queda. Ahora bien, la última pregunta: ¿Qué idioma me apetece estudiar? El italiano que es más parecido al mio y no debería costar mucho… ¿O me arremango en un triple salto mortal y empiezo con el ruso?