Todos queremos envejecer. O sea, vivir muchos años. Y si puede ser sin hacernos ‘viejos’, mejor. ¡Vaya, dilema que se nos plantea!

Una buena noticia es que, según dicen, a medida que nos hacemos más longevos, la crisis de la mediana edad se retrasa desde los cuarenta a los cincuenta años. Eso quiere decir que, por lo general, las personas se sienten más jóvenes durante más tiempo. Aún así, si nos descuidamos un poco, la naturaleza sigue su curso inexorablemente. Incluso si nos cuidamos mucho, nos estresa sobremanera no poder escapar a los designos de la edad, sobre todo -para qué mentir-, en el aspecto físico.

La sociedad manda y un buen físico va casi siempre en primer lugar. Y aunque nos reímos de esos famosos que de tanto bisturí son casi irreconocibles, el físico también nos preocupa. Buscamos soluciones para cuidar la imagen e incluso nos obsesionamos.

Pero, ¿qué es lo que necesitaríamos aplazar a toda costa? ¿Serán las arrugas o va más allá de lo que  el cirujano estético no puede eliminar a golpe de bisturí? Sabemos que el culto a la juventud eterna es una tendencia que se alimenta del ritmo frenético del consumismo de los últimos años. Lo preocupante es que en este running tememos envejecer físicamente y tal vez no tanto intelectualmente. Quizá,  damos demasiado por sentada la imagen de un anciano sabio. ¿Sigue siendo cierto el dicho a más vivir más saber si realmente no nos importa aprender más? ¿O, por el contrario, deberíamos tomarlo como el imperativo para envejecer bien?

Si plantamos cara a lo que nos depara la sociedad de hoy, podemos observar una habilidad como la disposición a aprender. Ya no somos capaces de prever durante cuánto tiempo serán válidos los conocimientos actuales, en cualquiera de los ámbitos. Por eso es tan importante mantener la mente abierta y el deseo de aprender a lo largo de toda la vida.

Los beneficios del aprendizaje -hablando, en este caso, del aprendizaje de idiomas-, son los pequeños logros que se obtienen en el día a día. Igual que con el ejercicio físico, para estar en buena forma no hace falta convertirse en deportista de élite. Basta con un esfuerzo moderado y regular.

Además, con un nuevo idioma abrimos de par en par las puertas de otro mundo. Por muy pretencioso que suene, es verdad. Siempre podemos aferrarnos a un idioma como algo seguro porque al final, es lo que menos cambia a largo plazo. También nos divierte construir frases y entender algo que ayer no entendíamos.

“Tengo 60 años y he empezado a estudiar inglés, es probable que nunca lo utilice pero me siento orgullosa cuando entiendo una frase en una canción”. Este comentario de una seguidora de Jubilengua nos inspira mucho. Así, sostenemos con toda la firmeza que las personas que optan por un tratamiento intelectual encuentran su tercera juventud muy enriquecedora y rejuvenecedora.

¿Qué os parece esta interpretación de envejecer bien?